Nace En Lucena (Córdoba). Pasa gran parte de su infancia en Torredonjimeno (Jaén) Se traslada a Madrid para estudiar Derecho y es en los Colegios Mayores donde toma contacto por primera vez con el mundo del teatro. Es titulado por la Real Escuela Superior de Arte Dramático. Su actividad con el teatro se inicia en el Corral de Comedias del Colegio Mayor Universitario San Juan Evangelista en el año 1970; con el montaje “El juego de los insectos”, de los hermanos Kappeck; dirigido por José Luis Alonso de Santos. A partir de este momento colabora habitualmente en montajes teatrales de diversas compañías como Tábano, TEI, (Teatro Experimental independiente) y Teatro Libre de Madrid.
En 1988 funda junto con José Luis Alonso de Santos, Gerardo Malla y Jesús Cimarro, la productora de teatro, Pentación, S.A. y en 1995 funda, junto a Mª José Norte, su propia productora, Producciones El Brujo, S.L. dedicada a la distribución y la producción de teatro y audiovisuales.
Desde su primera colaboración en 1969 en el montaje La escuela de los bufones, de Michel de Ghelderode, ha participado en numerosos montajes como “El juego de los insectos”, de los Hermanos Kappeck y “El horroroso crimen de Peñaranda del Campo”, de Pío Baroja, ambos dirigidos por José Luis Alonso de Santos. Ha protagonizado “La taberna fantástica”, de Alfonso Sastre, dirigido por Gerardo Malla; Pares y Nines, de José Luis Alonso de Santos; “Lazarillo de Tormes”, en versión de Fernando Fernán Gómez; “El pícaro”: “aventuras y desventuras de Lucas Maraña”, de Fernando Fernán Gómez; “La sombra del Tenorio”, de José Luis Alonso de Santos; “La dulce Casina”, de Plauto, en versión y dirección de Alonso de Santos; “Anfitrión”, dirigido por José Luis Alonso de Santos; “El avaro”, de Moliere, coproducción con Fila 7, dirigido por José Carlos Plaza; “El contrabajo”, de Patrick Süskind, que dirigió él mismo junto a José Pascual; “Arcipreste”, basado en El Corbacho, de Alfonso Martínez de Toledo, con versión libre de Alberto Miralles y adaptado y dirigido por Rafael Álvarez; “San Francisco, juglar de Dios”, de Dario Fo y “Una noche con El Brujo”, dirigidos por el propio Rafael Álvarez.
Desde el año 1986 compagina su actividad teatral con el cine y con la televisión, participando en películas como “El Crack”, de José Luis Garci; “La taberna fantástica”, “Don Juan mi querido fantasma”, de Antonio Mercero; La leyenda de la doncella, de Juan Pinzas; Alma gitana, de Chus Gutiérrez; Amores que matan, de “Juan Manuel Chumilla”; “La
duquesa roja”, de Paco Betriu; “Niño nadie”, de José Luis Borau; “Pajarico”, de Carlos Saura; y recientemente la adaptación de Fernando Fernán Gómez para el cine, “Lázaro de Tormes”, película galardonada con dos Goyas de la Academia de Cine español.
En televisión destacamos “Vísperas”, de Manuel Andújar, “Juncal”, de Jaime de Armiñán; “Brigada Central”, de Pedro Masó y Maquinavaja.
Ha llevado sus espectáculos por los festivales más importantes de España y los más reconocidos de países como Bélgica, Francia, Portugal, Italia, México, Venezuela…
Como reconocimiento a su carrera, Rafael Álvarez ha recibido numerosos premios, entre los que destacan el Premio Ícaro, concedido por Diario 16, el Premio De Antena 3 a la mejor interpretación teatral (1985), por su trabajo en “Lazarillo de Tormes”; Premio El Espectador y La Crítica 1986, por “La Taberna Fantástica”, Premio Asociación de Espectadores Ciudad de Alicante en 1986 y 1994, por “Lazarillo de Tormes”; Premio Ercilla de Bilbao 1996 a la Mejor Interpretación por “La sombra del Tenorio”; Premio Meliá Parque al Mejor Actor por “Anfitrión”; Premio Cadena COPE, Ilustres de Baracaldo 1999 por “El Contrabajo”; y Premio Canal Sur al Mejor Espectáculo teatral 2000 por “Arcipreste”.
En diciembre de 2002 se le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, máximo galardón que concede el Ministerio de Cultura y que SS.MM. los Reyes de España entregaron en septiembre de 2003.
EL QUIJOTE Y LA VOZ DE LA SABIDURÍA
Los hombres… tarareando boleros alcanzan la sabiduría.
RAÚL RIVERO.
Después de este recorrido, llegar al QUIJOTE era algo inevitable. Aunque hace años se me hubiera antojado un imposible abordarlo como monólogo, en realidad el primer peldaño del ascenso por esta mi escalera de Jacob en el teatro estaba puesto ya desde que acometí el “Lazarillo de Tormes”, hace ahora doce años. Sin embargo la narración de El Lazarillo en primera persona, facilitaba de manera extraordinaria la forma teatral del monólogo. Se diría hecho para una sola voz, una conciencia sola, vive y cuenta lo vivido en el relato. Y nada ni nadie ,ni siquiera el ciego, quedan fuera de esa única voz y de ese aliento.
Pero ¿Cómo ser Quijote y hablar por boca de Sancho y viceversa? ¿Cómo integrar en una sola voz es llama doble grabada desde niño en mi memoria? Siempre vi una silueta, eterno par, hidalgo y escudero- apéndice, bajo un sol de justicia ,no sé porque siempre imagino La Mancha en un tórrido verano, caminando en la adusta llanura hacia un viaje sin retorno…
Pero de la sabiduría la palabra fluye en ambos “como un río de oro” y es siempre una misma voz. Un gran estudioso de la obra (Américo Castro) dice de la permanente profusión de las parejas o “emparejamientos” como espacio humano de los acuerdos o desconciertos (QUIJOTE-SANCHO, MARCELA, GRISOSTOMO, CURA-BARBERO, etc.) que expresan “las armonías y los desacuerdos que tienen lugar en el sentir reflexionante (si cabe hablar así) del alma de cada uno”. Pero según nuestro personaje ,conferenciante y juglar, sujeto activo del monólogo, este recurso formal de dualidad va mucho más lejos: “es una confrontación que invita a correr el velo de ilusión tras el que se esconde una luminosa síntesis trascendente”. El espectáculo de una incorruptible y única realidad: Soy, soy la voz y por ello puedo ser QUIJOTE o SANCHO y hasta, si es preciso, los “doce pares de Francia”.
Dos máscaras (Quijote y Sancho) en el juego hábil de un misterio y oculto bululú. A veces no se puede decir quienes más sabio. Dos marionetas que improvisan un gracioso y estudiado contrapunto. En ocasiones se diría que hasta “¡Oh maravilla!” da la impresión de que intercambian los papeles. En tres palabras: ¡dos buenos cómicos!.
Pero ¿Quién habla por boca de Sancho? ¿Quién responde en el papel de hidalgo sabio, irónico caballero, al encumbrado y, sin embargo, rústico escudero? ¿Quién es quién en realidad?.
El “espíritu de las profundidades”, verdadero autor de la obra, abre las puertas a un maravilloso retablo de imágenes que emergen desde el reino oscuro de los sueños. Un carácter diferenciado, cada personaje, un perfil propio con vida autónoma. Pero quien habla es una sola voz. Habla, ¿canta?, para celebrar el matrimonio del sentido con la insensatez. Es la voz de la sabiduría. “madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Regalada (soy) a todos mis hijos como un don eterno. Pero, sobre todo, a aquellos que son escogidos por Dios” (de los Proverbios de Salomón) El caballero conoce este don, así como la renuncia que implica su carisma. Amor, sin duda, acción sin miedo.
Por la experiencia de la aventura accede al conocimiento de aquello que por la fe ya ha sido hallado. Es el camino del caballero, del elegido, del instrumento de la voz.
RAFAEL ÁLVAREZ
El ingenioso caballero de la palabra
Difícil tarea anticiparse con este escrito a lo que D. m. tienen «in mente» llevar a cabo algunos ilustres señores que en estas páginas abren una puerta a un sueño. Ilustres todos por méritos propios (El Brujo, además Excmo. señor por obra y gracia de una Medalla). Sobran, pues, razones de halago para aquellos que entregan días y noches a tarea tan ardua como “profundizar en la inmensa obra de Don Miguel de Cervantes Saavedra, aquel Don Quijote de La Mancha. No es bastante leerla, comprenderla… hay que interpretarla, adaptarla, y escenificarla de tal manera que el texto fluya y regrese a este siglo con plena actualidad”.
Tras estos textos de lujo no hay sólo una labor de erudición (les aseguro que la hay), hay amor, humor y una búsqueda de lo esencial: la búsqueda de lo que es. O lo que pudo ser. O lo que, a lo mejor, terminan descubriendo que será.
Muchos de ustedes ya han “catado” la conjunción de los que aquí anuncian sus propósitos. A ellos se ha unido, los dioses nos sonríen, Emilio Pascual, incansable teórico-erudito-humorista de nuestra literatura, como podrán comprobar más adelante.
Para todos aquellos que tras la lectura de este avance de nuestro Caballero de la Palabra aún no consiguen adivinar el final (principio al fin), se lo adelanto: un solo hombre en un escenario: Lazarillo, Francisco de Asís, Quijote… Un Brujo. Y para los que duden… ahí va una certeza: El Brujo siempre será él. Actor capaz de enamorar al público, hipnotizarle, emocionarle y divertirle. Piensen y sorpréndanse, como hago yo en este momento, que este señor de la escena, a la sazón Rafael Álvarez, dice simple y llanamente que él es Cervantes, Don Quijote o Sancho, por parentesco y porque así lo ha escrito la historia. Algo sí puedo asegurarles: todo es absolutamente cierto. Bienvenidos al mundo donde la línea entre lo real y lo irreal no existe. Bienvenidos al Teatro.
HERMINIA PASCUAL
Un juego de espejos
El Quijote es, a la vez que un juego de espejos, una muñeca rusa de narradores. El lector que abre por primera vez el libro encuentra un texto firmado por Miguel de Cervantes Saavedra, que, sin embargo, se confiesa sólo padrastro de la obra. Pronto sabemos que este texto que el lector tiene entre manos es la elaboración de una traducción, que hizo un moro aljamiado del Alcaná de Toledo, de un original árabe firmado por el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli.
De modo que, viéndolo ahora en sentido inverso, Benengeli escribe la historia del hidalgo manchego en árabe; pero Cervantes, a pesar de que Borges recuerda que “supo unos latines y algo de árabe”, no sabe lo suficiente para leerlo de corrido, y así tiene que recurrir a los servicios de traductor de un moro aljamiado, que, como es habitual en estos casos, tradujo el texto como Dios o Alá le dio a entender. De esta traducción, con toda seguridad adulterada en ciertos casos, parte “el capitán Cervantes” para componer la última versión, haciendo a veces acotaciones o comentarios sobre el estado de las fuentes que utiliza y el uso que hace de ellas. El espectáculo, pues, comienza con el aire, entre burlesco y erudito, de una conferencia. Se advierte al espectador que ya va siendo hora de que el público conozca la verdadera historia de la composición del libro y el verdadero nombre de su autor.
Por lo demás, se podría mencionar incluso la célebre boutade de Unamuno, que aseguraba que en El Quijote “se mostró Cervantes muy por encima de lo que podíamos esperar de él juzgándole por sus otras obras; se sobrepujó con mucho a sí mismo. Por lo cual es de creer que el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli no es puro recurso literario, sino que encubre una profunda verdad, cual es la de que esa historia se la dictó a Cervantes otro que llevaba dentro de sí, y al que, ni antes ni después de haberla escrito, trató una vez más: un espíritu que en las profundidades de su alma habitaba”.
A partir de este momento el actor-conferenciante-escritor empieza a desdoblarse, apoyado por la iluminación y la tramoya. De hablar en tercera persona sobre un hidalgo manchego desencantado del mundo en que vivía, pasa a hablar en primera un fervoroso lector de viejos libros, seducido por esa “dichosa edad y siglos dichosos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”.
A medida que va hablando empieza a transformarse y, sin dejar de saltar de un personaje a otro, según avanza la historia y la habilidad transformista del actor, comienza a pasearse por los episodios más o menos conocidos, mientras explica el significado profundo que tales acontecimientos tienen para él, a pesar de que el público con frecuencia está viendo otra cosa. Y del mismo modo que en un momento explica a Sancho que “hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros”, el actor va desgranando las sucesivas aventuras, desdoblándose para actuar y comentar.
Por ejemplo: en el episodio de los rebaños de ovejas, que él las imagina, o dice que ve, ejércitos, tras el episodio en sí, y mediante un decorado y un puntero, comenta (siguiendo en esto a Torrente Ballester) cómo no podía ver caballeros, sino ovejas, porque de otro modo, dada la posición horizontal de la lanza en un torneo, jamás hubiera podido alancear a las ovejas, que sólo están a la altura de las patas del caballo. Luego veía rebaños, pero decía que veía ejércitos.
Hay dos cosas sobre todo que conviene resaltar. Una, la omnipresencia de Dulcinea, un ser que lo impregna todo y, sin embargo, no se la ve jamás. De ella dice don Quijote que “ella pelea en mí, y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser”, dándole así un carácter cuasi divino, pues utiliza una terminología muy semejante a la de Pablo de Tarso. La otra, lo que Vargas Llosa llamaría “la verdad de las mentiras”. Sancho encanta de mentira a Dulcinea, pero luego se la encuentra encantada de verdad (o si se prefiere, con otra apariencia de verdad semejante a la que él había fabricado); Don Quijote que se finge caballero para demostrar la perversidad de este mundo, se ve convertido en un caballero de verdad por obra y gracia de un historiador, de otros actores que montan una farsa en el palacio de los duques, y de los propios lectores y espectadores; el propio don Quijote entra en el juego de la socarronería y el disimulo cuando le dice a Sancho: “Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más”.
Todo el espectáculo tiene así un aire de farsa y de comedia, sin que por ello dejen de entreverarse los elementos cómicos y melancólicos, el éxito y el fracaso, la locura y el buen juicio, la prosa y la poesía, lo rastrero y lo sublime. Es un reto para cualquier actor, casi como lo fue para el autor. Porque, parodiando al canónigo quijotesco, podemos decir que “la escritura desatada de este libro, y el desarrollo desatado de este espectáculo, da lugar a que el autor/actor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede escribirse en prosa como en verso”; y leerse en un libro, como representarse en un teatro.
EMILIO PASCUAL
